El Evangelio del Día

jueves 01 Octubre 2015

Jueves de la vigésima sexta semana del tiempo ordinarioSanta Teresa del Niño Jesús, San Luis Versiglia

Leer el comentario del Evangelio por Concilio Vaticano II:
Después de la misión de los Doce (Lc 9,2), la misión de los setenta y dos
Nehemías 8,1-4a.5-6.7b-12.

Todo el
pueblo se reunió como un solo hombre en la plaza que está ante la puerta del
Agua. Entonces dijeron a Esdras, el escriba, que trajera el libro de la Ley de
Moisés, que el Señor había dado a Israel. El sacerdote Esdras trajo
la Ley ante la Asamblea, compuesta por los hombres, las mujeres y por todos
los que podían entender lo que se leía. Era el primer día del séptimo mes.
Luego, desde el alba hasta promediar el día, leyó el libro en la plaza
que está ante la puerta del Agua, en presencia de los hombres, de las mujeres
y de todos los que podían entender. Y todo el pueblo seguía con atención la
lectura del libro de la Ley. Esdras, el escriba, estaba de pie sobre una
tarima de madera que habían hecho para esa ocasión. Junto a él, a su
derecha, estaban Matitías, Semá, Anaías, Urías, Jilquías y Maaseías, y a
su izquierda Pedaías, Misael, Malquías, Jasúm, Jasbadaná, Zacarías y
Mesulám. Esdras abrió el libro a la vista de todo el pueblo – porque
estaba más alto que todos – y cuando lo abrió, todo el pueblo se puso de
pie. Esdras bendijo al Señor, el Dios grande y todo el pueblo,
levantando las manos, respondió: «¡Amén! ¡Amén!». Luego se inclinaron y
se postraron delante del Señor con el rostro en tierra. Josué, Baní,
Serebías, Iamín, Acub, Sabtai, Hodías, Maaseías, Quelitá, Azarías,
Jozabad, Janán y Pelaías – los levitas – exponían la Ley al pueblo, que se
mantenía en sus puestos. Ellos leían el libro de la Ley de Dios, con
claridad, e interpretando el sentido, de manera que se comprendió la lectura.
Entonces Nehemías, el gobernador, Esdras, el sacerdote escriba, y los
levitas que instruían al pueblo, dijeron a todo el pueblo: «Este es un día
consagrado al Señor, su Dios: no estén tristes ni lloren». Porque todo el
pueblo lloraba al oír las palabras de la Ley. Después añadió: «Ya
pueden retirarse; coman bien, beban un buen vino y manden una porción al que
no tiene nada preparado, porque este es un día consagrado a nuestro Señor.
No estén tristes, porque la alegría en el Señor es la fortaleza de
ustedes». Y los levitas serenaban al pueblo, diciendo:
«¡Tranquilícense! Este día es santo: no estén tristes». Todo el
pueblo se fue a comer y a beber, a repartir porciones y a hacer grandes
festejos, porque habían comprendido las palabras que les habían enseñado.

Salmo 19(18),8.9.10.11.

La ley del
Señor es perfecta,
reconforta el alma;
el testimonio del Señor es verdadero,
da sabiduría al simple.Los preceptos del Señor son rectos,
alegran el corazón;
los mandamientos del Señor son claros,
iluminan los ojos.La palabra del Señor es pura,
permanece para siempre;
los juicios del Señor son la verdad,
enteramente justos.Son más atrayentes que el oro,
que el oro más fino;
más dulces que la miel,
más que el jugo del panal.

Lucas 10,1-12.

El Señor
designó a otros setenta y dos, y los envió de dos en dos para que lo
precedieran en todas las ciudades y sitios adonde él debía ir. Y les
dijo: «La cosecha es abundante, pero los trabajadores son pocos. Rueguen al
dueño de los sembrados que envíe trabajadores para la cosecha. ¡Vayan! Yo los envío como a ovejas en medio de lobos. No lleven
dinero, ni alforja, ni calzado, y no se detengan a saludar a nadie por el
camino. Al entrar en una casa, digan primero: ‘¡Que descienda la paz
sobre esta casa!’. Y si hay allí alguien digno de recibirla, esa paz
reposará sobre él; de lo contrario, volverá a ustedes. Permanezcan en
esa misma casa, comiendo y bebiendo de lo que haya, porque el que trabaja
merece su salario. No vayan de casa en casa. En las ciudades donde
entren y sean recibidos, coman lo que les sirvan; curen a sus enfermos y
digan a la gente: ‘El Reino de Dios está cerca de ustedes’.» Pero en
todas las ciudades donde entren y no los reciban, salgan a las plazas y digan:
‘¡Hasta el polvo de esta ciudad que se ha adherido a nuestros pies, lo
sacudimos sobre ustedes! Sepan, sin embargo, que el Reino de Dios está
cerca’. Les aseguro que en aquel Día, Sodoma será tratada menos
rigurosamente que esa ciudad.

Extraído de la Biblia: Libro del Pueblo de Dios.

Leer el comentario del Evangelio por :

Concilio Vaticano II

Decreto sobre el apostolado de los laicos (Apostolicam Actuositatem, § 2)

Después de la misión de los Doce (Lc 9,2), la misión de los
setenta y dos

La Iglesia ha nacido con este fin: propagar el reino de Cristo en toda la
tierra para la gloria de Dios Padre, y hacer así a todos los hombres
partícipes  de la redención salvadora y por medio de ellos ordenar
realmente todo el universo hacia Cristo. Toda la actividad del Cuerpo místico
dirigida a este fin, recibe el nombre de apostolado, el cual la Iglesia lo
ejerce a través de todos sus miembros, aunque de diversas maneras. En efecto,
la vocación cristiana es, por su misma naturaleza, una vocación también al
apostolado. Así como en el conjunto de un cuerpo vivo no hay  miembros que
se comportan de forma meramente pasiva, sino que todos participan en
la  actividad vital del cuerpo, de igual manera, en el Cuerpo místico de
Cristo,  que es la Iglesia «todo cuerpo crece según la operación
propia  de cada uno de sus miembros» (Ef. 4,16). No sólo esto. Es tan
estrecha la conexión y trabazón de los miembros en este Cuerpo, que el
miembro que no contribuye según su propia capacidad al aumento del cuerpo
entero, debe reputarse como inútil para la Iglesia y para sí mismo.
Hay en la Iglesia diversidad de ministerios pero unidad de misión.
A  los Apóstoles y a sus sucesores Cristo les confió el encargo de
enseñar, de santificar y de regir en su propio nombre y autoridad. Los
seglares, por su parte, al haber recibido participación en el ministerio
sacerdotal, profético y real de Cristo, cumplen  en la Iglesia y en el
mundo, la parte que les atañe en la misión total del pueblo de Dios.
Ejercen, en realidad, el apostolado con su trabajo por evangelizar y
santificar a los hombres y por perfeccionar y saturar de espíritu evangélico
el orden temporal,  de tal forma que su actividad en este orden dé claro
testimonio de Cristo y sirva para la salvación de los hombres. Y como lo
propio del estado seglar es vivir en medio del mundo y de los negocios
temporales, Dios llama a los  seglares a que, con el fervor del espíritu
cristiano, ejerzan su apostolado en el mundo a manera de fermento.

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