Cómo fue mi primer encuentro con el activismo gay y cómo cambió todo: la experiencia de un profesor

[Tom McLaughlin fue durante muchos años profesor de Historia y Ciencias Sociales en centros públicos de enseñanza media de Maine (Estados Unidos), además de columnista en medios de ese estado y de New Hampshire. En breve va a publicar sus memorias, y como anticipo Crisis Magazine ha recogido algunas de sus reflexiones sobre un tema muy concreto: el avance de la agenda gay en la escuela desde principios de los 80 hasta hoy. Un testimonio de extraordinario interés con datos, enlaces y criterios relevantes, que reproducimos en su integridad.]

El primer encuentro de un profesor con el activismo gay
La homosexualidad entró a formar parte de mi carrera en la enseñanza al principio de la epidemia de sida, que coincidió con mi retorno a las aulas en 1979 tras ocupar un puesto administrativo.

Ese arranque de la epidemia era una noticia importante y me ocupé de ella en el tiempo de clase que dedicaba a los acontecimientos de actualidad. Sólo teníamos una enfermera para seis escuelas en Fryeburg (Maine, Estados Unidos) y me preguntó si podía venir a mis clases de ciencias sociales para que impartiésemos juntos la educación sexual. Ella pensaba que mi presencia lo haría más fácil para los chicos. Era una viuda conservadora y católica. Yo todavía era entonces muy progresista y mi propia fe muy tibia, pero trabajamos bien juntos durante tres años, insistiendo en la abstinencia y luego la fidelidad dentro del matrimonio.

Tom McLaughlin, autor de este artículo.

Cuatro acontecimientos que lo cambiaron todo
Antes de esto yo no había tenido ocasión de vérmelas con la homosexualidad, pero a principios de los 80 sucedieron cuatro cosas que la metieron en mi vida rugiendo motores.

Primero: el movimiento de "liberación gay", que comenzó con los disturbios de Stonewall de 1969, había conseguido poder político en Maine y en todas partes. Muchos estados derogaban las leyes antisodomíticas y las marchas del "orgullo gay" eran algo habitual en muchas ciudades importantes, entre ellas la cercana Portland de Maine.

Segundo: el sida. Al principio la enfermedad se denominó GRID (Gay-Related Inmunodeficiency), siglas en inglés de Inmunodeficiencia Relacionada con la vida Gay [el enlace conduce a un artículo de The New York Times de 11 de mayo de 1982 titulado Un nuevo trastorno homosexual preocupa a las autoridades sanitarias; nota de ReL]. Poco después los activistas homosexuales presionaron duramente para cambiarla a SIDA o Síndrome de Inmunodeficiencia Adquirida [en el enlace, en la fecha 3 de julio de 1981 dice: "Cuando los síntomas se encontraron fuera de la comunidad gay, Bruce Voeller, biólogo y fundador de la National Gay Task Force {Comandos Gay Nacionales}, presionó con éxito para cambiar el nombre de la enfermedad {de GRID} a sida"; nota de ReL]. Se trataba de atenuar la fuerte vinculación entre la enfermedad y los varones homosexuales en Estados Unidos.

Tercero: los activistas homosexuales eran ya lo bastante poderosos para convertir la epidemia de sida, que fácilmente podía haber revertido el avance de su movimiento, en un vehículo para impulsarlo. Partidas enormes de dinero público se invirtieron en encontrar tanto una curación como una estrategia para prevenir la expansión del virus. Grupos como Gay Men´s Health Crisis y ACT-UP [AIDS Coalition to Unleash Power] destinaban esos gastos a impulsar la agenda homosexual… que, según insistían los activistas, no existía.

Tom Hanks en Philadelphia, de Jonathan Demme, una película de 1993 que contribuyó a convertir el sida en un instrumento al servicio de la agenda LGBT.

Cuarto: su campaña de propaganda impulsaba lemas como ¡El sida no discrimina! y ¡El sida es una enfermedad con igualdad de oportunidades!, destinados a asustar a los heterosexuales creyendo que el sida se expandiría pronto también entre ellos. Esto terminaría separando en la opinión pública el sida de la homosexualidad, conduciendo a las escuelas públicas a aceptar estrategias de educación sexual inadmisibles, que de otra forma jamás habrían considerado. Esto introdujo la homosexualidad en mi trabajo diario como profesor.

Hice todo lo posible por oponerme a las censuras políticamente correctas que acompañaban a cualquier discusión sobre el sida. Aunque, finalmente, tuve poco que hacer salvo contemplar con desaliento cómo el panzer gay pasaba por encima de las escuelas públicas -y de mí mismo- durante casi tres décadas.

Los protocolos incumplidos del sida
Una de mis hermanas trabajaba como enfermera en la sanidad pública de Massachusetts en los inicios de aquella época. Le escandalizó descubrir que el historial de contactos, que era obligatorio para prevenir la difusión de otras enfermedades de transmisión sexual, no se utilizaba para prevenir la difusión del sida. Cuando alguien padecía sífilis o gonorrea, se informaba a las autoridades estatales. Al paciente infectado se le obligaba a informar de sus parejas sexuales, para que pudiesen ser avisadas por las enfermeras de la sanidad pública de que habían estado expuestas a la enfermedad y debían hacerse un análisis. Eran medidas eficaces y de sentido común que históricamente habían contenido las enfermedades de transmisión sexual, pero para el sida -una enfermedad incurable y letal- fueron abandonadas.

Cuando mi hermana me contó estas excepciones con la gente que tenía sida -casi todos varones homosexuales- me quedé atónito. Luego supe que eso sucedía por la presión de los activistas, que priorizaban su agenda político/sexual sobre la protección de la salud pública. Y esas excepciones continúan mientras escribo esto.

Saber que el Partido Demócrata había sido cómplice a lo largo de este proceso aceleró mi evolución política de la izquierda a la derecha. También me motivó a escribir sobre el asunto como columnista.

La intolerancia de los activistas gay
Los activistas LGBT fueron de los primeros en la izquierda en situarme como objetivo. Su campaña de oposición comenzó de forma bastante inocente, apareciendo estridentes cartas al director en los periódicos donde yo publicaba mis columnas. Luego pude saber que la mayor parte de quienes las escribían eran activistas que impulsaban su agenda en Maine y Massachusetts. Como las cartas no me silenciaron, se intensificaron.

Unas cartas estridentes eran algo aceptable en el mercado de las ideas. Algunas se referían a asuntos de los que yo había escrito -los esfuerzos de salud pública para prevenir la difusión del sida-, pero la mayor parte eran ataques ad hominem generosamente salpicados con las habituales acusaciones de "homofobia", "odio" e "intolerancia". Al principio me molestaban, pero tales acusaciones acabaron siendo tan numerosas y frecuentes que perdieron mordiente. Convertí en política no responderlas en mi columna, confiando a la inteligencia de mis lectores valorarlas como lo que eran.

Mi primera columna sobre homosexualidad llevaba por título: No soy homófobo, sólo estoy homo-harto, y destacaba lo que sabía sobre el sida y la agenda homosexual. Se bombardeaba Estados Unidos y las escuelas públicas con propaganda sobre cómo el sida se expandiría pronto a los heterosexuales y sería devastador entre ellos como lo había sido con los homosexuales. En Maine, como en otras regiones, los activistas asumieron el control del presupuesto del gobierno para combatir el sida. Y se dirigieron a las escuelas de Maine con propuestas para enseñar a los niños algunas prácticas sexuales con riesgo máximo de transmisión del VIH, como el sexo anal.

Enseñando a los niños prácticas sexuales aberrantes
Algunos de estos activistas proponían enseñarle a los estudiantes prácticas sexuales con menor riesgo de contagio de sida, como la masturbación mutua. Hoy ese tipo de cosas es un lugar común en las escuelas públicas, pero entonces era una novedad. Parte de la bibliografía que acompañaba sus propuestas, y que se le daba a los profesores, mencionaba prácticas sexuales de las que yo no había oido hablar nunca, cosas tales como el "fisting" [introducir la mano en la vagina o el ano] y el "rimming" [introducir la lengua en el ano]. Tuve que investigar para averiguar de qué se trataba. Cuando lo supe me quedé estupefacto preguntándome cómo un profesional de la educación podía ni tan siquiera proponer que se les enseñase algo así a chicos de colegio.

El apoyo directo o indirecto de las administraciones y la inversión de dinero público ha hecho proliferar la literatura infantil destinada a adoctrinar a los niños en los objetivos de la agenda LGBT.

Hasta donde yo sé, no se introdujeron en ningún programa educativo en Maine en aquella época, y ahora comprendo que sólo se mencionaban como una forma de insensibilizarnos sobre la naturaleza morbosa de las prácticas sexuales de algunas personas. Pretendían saturarnos en su intento de que dejen de considerarse aberraciones, como señaló hace décadas el entonces senador Daniel Patrick Moynihan.

Aunque nunca oí que esas prácticas sexuales gay se enseñasen en Maine, sí se enseñaron en Massachusetts. No sólo se describía el "fisting", sino que realmente fue recomendado a niños de 14 o 15 años en una conferencia-taller especial parcialmente financiada con fondos públicos estatales y llevada a cabo por tres empleados públicos de Massachusetts. Por supuesto, los principales medios lo ignoraron o le quitaron importancia. El principal orador en la conferencia, Kevin Jennings, se convirtió luego en el responsable nacional de la seguridad en las escuelas, nombrado por el presidente Barack Obama para atajar el acoso escolar.

Y, en efecto, la idea de aberraciones ha sido alterada, ha desaparecido. Para mí lo más inquietante era, sin embargo, que aún no se había tocado fondo.

El mal se difunde
Mientras escribo esto, estoy viendo en las noticias de una cadena conservadora similares pretensiones de Planned Parenthood para todos los colegios del país. Aunque esos programas se emplean con los niños en las escuelas públicas, a los padres se les ocultan. En Hawai, se les ocultan incluso a los legisladores del estado. ¿Por qué? Porque los principales medios habitualmente ignoran estas historias, como hicieron en Massachusetts. Y, lamentablemente, demasiados padres no creen que algo está sucediendo hasta que no lo ven en la televisión.

Pese a todo, los padres a veces descubrían cosas durante la cena familiar preguntando a Jaimito lo que había aprendido en clase ese día… y se quedaban con los ojos como platos al saberlo. Si se quejaban a la dirección del colegio, eran tachados de ultraderechistas o cristianos lunáticos.  Así que, frustrados, perdían la fe en las escuelas públicas y o bien llevaban a sus hijos a colegios privados o bien los educaban en casa [homeschooling]. Los activistas homosexuales y de izquierdas como Kevin Jennings tenían entonces campo libre para ampliar los límites de lo que podía ser considerado apropiado o inapropiado en nuestras escuelas públicas… y todo a costa del contribuyente.

Acoso al discrepante
A principios de los 90, cuando comencé a publicar de forma regular columnas semanales, pensé que las cosas no podrían ir mucho peor de lo que estaba viendo y oyendo. Creí que si me limitaba a informar a la gente de lo que estaba pasando, se rebelarían y lo frenarían. Ahora veo lo inocente que era. No comprendí el poder de las fuerzas de izquierda contra las que me alzaba. Años después, sin embargo, conocí cómo la tolerancia que predica la izquierda para las ideas o costumbres alternativas sólo existe hasta que logran asegurar su control sobre la cultura. Luego se transforman en rígidamente intolerantes con las opiniones contrarias.

Los activistas homosexuales fueron mis primeros y más vociferantes adversarios. Cuando escribía sobre asuntos como la supresión del historial de contactos en los casos de sida u otros temas, se dedicaban a ataques ad hominem del tipo: "McLaughlin envenena con homofobia las mentes juveniles. No es apto para ser profesor". Primero escribían cartas al director, luego presionaban a la dirección de mi colegio, luego acudían a los tribunales. Ellos y otros izquierdistas me acosaron durante años. Lo padecí hasta mi jubilación en 2011.

Publicado en Crisis Magazine.
Traducción de Carmelo López-Arias….

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