Palabras sobre el silencio

De buen grado hubiera titulado "sobre el silencio sonoro", porque el silencio del que hablamos, para la vida, la espiritualidad y la liturgia, ni es un vacío ni es solamente la ausencia de ruido, sino que es una Presencia, Dios, comunicándose y dándose.

 

El silencio posibilita el encuentro con el Misterio de Dios. Está lleno ese silencio de una sonoridad nueva, la del Verbo que habla, la del Logos que revela, la de Cristo que conversa.

 

Pero el ruido nos aturde. No son sólo los ruidos exteriores del ritmo de vida y de la cada vez más escasa educación, sino también los ruidos que queremos que nos envuelvan ante el vértigo que nos provoca el silencio y la soledad. No sabemos estar en silencio porque nos provoca, nos espolea. Huimos a lo exterior antes que avanzar a la interioridad. El ruido no nos interpela, el silencio sí nos cuestiona. De ahí la necesidad de recuperar el silencio y ser educados en él.

 

"Sois capaces de valorar su experiencia hoy, en un mundo tan distinto, pero precisamente por esto necesitado de redescubrir algunas cosas que valen siempre, que son perennes, por ejemplo la capacidad de escuchar a Dios en el silencio exterior y sobre todo interior. 

 

Hace poco me habéis preguntado: ¿cómo se puede reconocer la llamada de Dios? Pues bien, el secreto de la vocación está en la capacidad y en la alegría de distinguir, escuchar y seguir su voz. Pero para hacer esto es necesario acostumbrar a nuestro corazón a reconocer al Señor, a escucharle como a una Persona que está cerca y me ama. Como dije esta mañana, es importante aprender a vivir momentos de silencio interior en las propias jornadas para ser capaces de escuchar la voz del Señor. Estad seguros de que si uno aprende a escuchar esta voz y a seguirla con generosidad, no tiene miedo de nada, sabe y percibe que Dios está con él, con ella, que es Amigo, Padre y Hermano.

 

 
 

En una palabra: el secreto de la vocación está en la relación con Dios, en la oración que crece justamente en el silencio interior, en la capacidad de escuchar que Dios está cerca. Y esto es verdad tanto antes de la elección, o sea, en el momento de decidir y partir, como después, si se quiere ser fiel y perseverar en el camino… Queridos jóvenes: ¡encontrad siempre un espacio en vuestras jornadas para Dios, para escucharle y hablarle!" (Benedicto XVI, Encuentro con los jóvenes, Sulmona (Italia), 4-julio-2010).

 

El santo Padre describe las condiciones reales en las que nos movemos y vivimos, más aún con el desarrollo de las nuevas tecnologías, comunicaciones, aparatos técnicos, etc. Sus inmensas y buenísimas posibilidades encierran también un modo nuevo de ser y de vivir, de relacionarse y de estar, donde el silencio se ha vuelto, si cabe, más incómodo y desorientador.

 

"El progreso técnico, especialmente en el campo de los transportes y de las comunicaciones, ha hecho la vida del hombre más confortable, pero también más agitada, a veces convulsa. Las ciudades son casi siempre ruidosas: raramente hay silencio en ellas, porque siempre persiste un ruido de fondo, en algunas zonas también de noche. En las últimas décadas, además, el desarrollo de los medios de comunicación ha difundido y amplificado un fenómeno que ya se perfilaba en los años sesenta: la virtualidad, que corre el peligro de dominar sobre la realidad. Cada vez más, incluso sin darse cuenta, las personas están inmersas en una dimensión virtual a causa de mensajes audiovisuales que acompañan su vida desde la mañana hasta la noche. Los más jóvenes, que han nacido ya en esta situación, parecen querer llenar de música y de imágenes cada momento vacío, casi por el miedo de sentir, precisamente, este vacío. Se trata de una tendencia que siempre ha existido, especialmente entre los jóvenes y en los contextos urbanos más desarrollados, pero hoy ha alcanzado tal nivel que se habla de mutación antropológica. Algunas personas ya no son capaces de permanecer por mucho tiempo en silencio y en soledad" (Benedicto XVI, Hom. en Vísperas, Cartuja, Serra-San Bruno, 9-octubre-2011).

 

El silencio es una riqueza humana para crecer: "se «expone» a la realidad de su desnudez, se expone a ese aparente «vacío» al que aludí antes, para experimentar en cambio la Plenitud, la presencia de Dios, de la Realidad más real que existe, y que está más allá de la dimensión sensible. Es una presencia perceptible en toda criatura: en el aire que respiramos, en la luz que vemos y que nos calienta, en la hierba, en las piedras…" (ibíd.).

 

 El silencio nos ayuda a percibir, asimilar, descubrir. Requiere también una disciplina humana interior para adquirirlo y saber aprovecharlo.

 

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