Los saduceos tientan a Jesús Lc. 20:27-38

Siguiendo la idea ignaciana expuesta en los Ejercicios Espirituales 15:

más conveniente y mucho mejor es, buscando la divina voluntad, que el mismo Criador y Señor se communique a la su ánima devota, habrazándola en su amor y alabanza y disponiéndola por la vía que mejor podrá servirle adelante. [EE 15]

Y los consejos que da en los numerales del 114-117:

114 1° punto. El primer punto es ver las personas es a saber, … mirándolos, contemplándolos y sirviéndolos en sus necesidades, como si presente me hallase, con todo acatamiento y reverencia posible; y después reflexionar en mí mismo para sacar algún provecho.

115 2º punto. Mirar, advertir y contemplar lo que hablan; y reflexionando en mí mismo, sacar algún provecho.

116 3° punto. Mirar y considerar lo que hacen, así como es el caminar y trabajar para que el Señor sea nacido en suma pobreza, y a cabo de tantos trabajos, de hambre, de sed, de calor y de frío, de injurias y afrentas, para morir en cruz; y todo esto por mí; después reflexionar una vez más para sacar algún provecho espiritual.

117 Coloquio. Acabar con un coloquio…

Siguiendo estos consejos, contemplemos el Evangelio de hoy, ayudándonos de las Obras de María Valtorta que en su tomo 9 en el numeral 594 desde la pág. 330 y hasta la 332, nos describe el momento y el lugar en que ocurre esta escena que nos propone hoy meditar nuestra Santa Madre la Iglesia, nos dice:

A la mañana temprano vuelven hacia la ciudad y se dirigen al Templo, es el martes santo. Más tarde, nos sigue narrando Valtorta, Sale del Templo para ir quizás afuera de las puertas, para tomar los alimentos que los servidores de Lázaro, encargados de ello, le traen.

Vuelve de nuevo a entrar a primera tarde. Incansable. Gracia y sabiduría fluyen, de sus manos y labios, puestas sobre los enfermos o abiertos para consejos individuales dados a cada uno de los que se acercan a El, que son muchos: parece como si quisiera consolar a todos, curar a todos, antes de no poder hacerlo ya.

Se acerca el ocaso. Los apóstoles, cansados, están sentados en el suelo bajo el pórtico, aturdidos por ese continuo movimiento de gente que son los patios del Templo en la inminencia de la Pascua. En esto, se acercan unos ricos (ricos, sin duda, a juzgar por sus vestiduras pomposas).

Mateo, que está adormilado aunque sólo con un ojo, se pone en pie y, con algún meneo, llama a los otros. Dice: «Van hacia el Maestro unos saduceos316. No debemos dejarle solo, no sea que todavía le ofendan o traten de hacerle algún mal o de burlarse de El».

Se alzan todos y van donde el Maestro. Inmediatamente forman una barrera en torno a Él. Creo intuir que ha habido desórdenes al marcharse del Templo o al volver a la hora sexta.

Entonces tiene lugar, propiamente dicha, la escena narrada por el evangelista San Lucas:

Los saduceos, que tienen para Jesús reverencias incluso exageradas, le dicen:

«Maestro, has respondido tan sabiamente a los herodianos, que nos ha venido el deseo de recibir también nosotros un rayo de tu luz. Escucha: Moisés dijo: “Si uno muere sin hijos, su hermano se casará con la viuda y dará descendencia al hermano”. Ahora bien, había entre nosotros siete hermanos. El primero tomó a una virgen por esposa, pero murió sin dejar prole; por tanto, dejó su mujer a su hermano. También el segundo murió sin dejar prole, y lo mismo el tercero, que se casó con la viuda de los dos que le habían precedido. Así sucesivamente, hasta el séptimo. Al final, después de haberse casado con los siete hermanos, se murió la mujer. Dinos: en la resurrección de los cuerpos –si es verdad que los hombres resucitan y que nuestra alma sobrevive y vuelve a unirse al cuerpo el último día y a dar nueva forma a los vivientes–, ¿cuál de los siete hermanos tendrá a la mujer, dado que en la Tierra la tuvieron los siete?».

Respuesta de Jesús

«Estáis en un error. No sabéis comprender ni las Escrituras ni el poder de Dios. La otra vida será muy distinta de ésta, y en el Reino eterno no existirán las necesidades de la carne como en éste. Porque, en verdad, después del Juicio final, la carne resucitará y se reunirá con el alma inmortal y formará un todo nuevo –vivo como, y mejor, como lo están mi cuerpo y el vuestro ahora–, pero no sujeto ya a las leyes, y, sobre todo, a los estímulos y abusos ahora vigentes. En la resurrección, los hombres y las mujeres no tomarán ni mujer ni marido, aunque vivan en el amor perfecto, que es el divino y espiritual. Y por lo que respecta a la resurrección de los muertos, ¿no habéis leído cómo habló a Moisés Dios desde la zarza? ¿Qué dijo entonces el Altísimo?: «Yo soy el Dios de Abraham, el Dios de Isaac, el Dios de Jacob». No dijo: «Yo fui», dando a entender que Abraham, Isaac y Jacob hubieran existido, pero que ya no existían. Dijo «Yo soy». Porque Abraham, Isaac y Jacob existen. Inmortales. Como todos los hombres en su parte inmortal, mientras duren los siglos; luego, también con la carne resucitada para la eternidad. Existen, como existe Moisés, los profetas, los justos, como, desventuradamente, existe Caín, y existen los del diluvio y los de Sodoma y todos los que murieron en culpa mortal. Dios no es el Dios de los muertos, sino de los vivos».

Fin del diálogo y conclusión

«¿Tú también vas a morir y luego estar entre los vivos?» le tientan. Están ya cansados de comportarse con mansedumbre. El aborrecimiento es tal, que no saben contenerse.

«Yo soy el Viviente y mi Carne no conocerá la corrupción. Se nos arrebató el arca, y la actual también se nos quitará, incluso como símbolo. Se nos arrebató el Tabernáculo, y será destruido. Pero el verdadero Templo de Dios no podrá ser ni arrebatado ni destruido. Cuando sus adversarios crean que lo han conseguido, entonces será la hora en que se establecerá en la verdadera Jerusalén en toda su gloria. Adiós».

Y, presuroso, va hacia el Patio de los Israelitas, porque las trombas de plata llaman al sacrificio del anochecer.

Como nos aconseja San Ignacio, recomiendo “Terminar con un coloquio con nuestro Señor o con quien nos sea inspirado hacerlo”.

A modo de “plática explicativa” de la escena: Comentario del Papa Francisco:

“Para poner a Jesús en dificultad y ridiculizar la fe en la resurrección de los muertos, los saduceos- que no creían en la resurrección de los muertos- parten de un caso imaginario: “Una mujer tuvo siete maridos, que murieron uno tras otro”, y preguntan a Jesús: “ ¿De cuál de ellos será esposa esa mujer después de su muerte?”. Jesús, siempre apacible y paciente, en primer lugar responde que la vida después de la muerte no tiene los mismos parámetros de la vida terrena. La vida eterna es otra vida, en otra dimensión donde, entre otras cosas, ya no existirá el matrimonio, que está vinculado a nuestra existencia en este mundo. Los resucitados serán como los ángeles, y vivirán en un estado diverso. Pero luego Jesús, por decirlo así, pasa al contraataque. Y lo hace citando la Sagrada Escritura, con una sencillez y una originalidad que nos dejan llenos de admiración por nuestro Maestro, el único Maestro. La prueba de la resurrección Jesús la encuentra en el episodio de Moisés y de la zarza ardiente, allí donde Dios se revela como el Dios de Abrahán, de Isaac y de Jacob. El nombre de Dios está relacionado con los nombres de los hombres y las mujeres con quienes Él se vincula, y este vínculo es más fuerte que la muerte. Y nosotros podemos decir también de la relación de Dios con nosotros, con cada uno de nosotros: ¡Él es nuestro Dios! Como si Él llevase nuestro nombre. A Él le gusta decirlo, y esta es la alianza. He aquí por qué Jesús afirma; <>. Y este es el vínculo decisivo, la alianza fundamental, la alianza con Jesús: Él mismo es la Alianza, Él mismo es la Vida y la Resurrección, porque con su amor crucificado venció la muerte. Jesús le da un giro a la perspectiva humana y afirma que nuestra peregrinación va de la muerte a la vida: la vida plena.”

Extraido de https://twitter.com/panpobres/status/1193501009777217540

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